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CRÓNICA MNTv - Apoteosis Springstiniana en Madrid

  •  El de Nueva Jersey destrozó literalmente a un público entregado a lo largo de tres horas y cuarenta y ocho minutos de rock entremezclado con folk, góspel y soul

 - Por Rubén Marcos-

 Hay días en que es fácil saber quién ha vivido una experiencia excepcional simplemente con mirar a su rostro. Ayer, en las ojeras de 60.000 personas era sencillo adivinar quiénes habían emprendido el viaje de regreso a su casa, a eso de la una y media de la madrugada, tras asistir a un espectáculo de los que se califican de irrepetibles, por más que Bruce Springsteen se empeñe en hacerlos cada vez más habituales.

Discusiones sobre si fue o no el concierto más largo de su carrera a parte, el de Nueva Jersey destrozó literalmente a un público entregado a lo largo de tres horas y cuarenta y ocho minutos de rock entremezclado con folk, góspel y soul. Casi cuatro horas en las que hubo tiempo para todo: para interpretar varios temas de su último disco, Wrecking Ball, muy superior a sus dos álbumes entregas precedentes, pero también para revisitar sus grandes clásicos y canciones menos transitadas. Es el caso de Spanish eyes, una composición de los tiempos de Darkness on the edge of town, que no había sido interpretada nunca en directo y que dedicó “a las mujeres españolas”.

 A Springsteen no le apodan The Boss por nada. Anoche demostró, segundo a segundo, que es el jefe, el puto amo. Suyo fue el protagonismo absoluto del concierto, más allá de los segundos de fama que concedió al guitarrista Nils Lofgren con su salvaje solo en ‘Youngstown’ o al saxofonista Jake Clemons, sobrino del que fuera inseparable compañero de Springsteen, Clarence Clemons. El Boss corre de un lado al otro del escenario, suda la gota gorda, se da baños de multitudes, se encarama a la grada, permite que unos pocos elegidos, los situados en primera fila, toquen las gastadas cuerdas de su Fender Squire antes de aporrearlas contra el pie del micrófono y baila con niños si hace falta. Él es quien decide qué se interpreta, cuánto hay que alargar una canción o cuándo hay que ponerle fin.

Acompañado por quince músicos y un sobrio montaje los artificios brillan por su ausencia y la verdadera protagonista es la música, Springsteen dejó de lado en Madrid el mensaje indignado de otros conciertos de esta gira y ofreció al público congregado en el Bernabéu –congregado, sí, porque para muchos el springtismo es una auténtica religión– un espectáculo festivo, en el que destiló una buena dosis de clásicos como ‘Badlands’, ‘Spirit in the night’, ‘She’s the one’, ‘Thunder road’ o ‘The river’ junto a temas más recientes, como ‘The rising’, ‘Murder Incoroporated’ o ‘City of ruins’. Hubo tiempo incluso para hacer una festiva y divertida versión de ‘Talk to me’ que Springsteen interpretó junto a su amigo Southside Johnny.

Tras más de dos horas de concierto, llega el momento de los bises. Después de la inevitable y fatigante ‘Born in the USA’, el jefe y sus ‘muchachos’ encienden todos los focos del Bernabéu y regalan al público la traca final: ‘Born to run’, ‘Hungry heart’, ‘Dancing in the dark’ y ‘Tenth Avenue freeze out’. Y cuando ya pensábamos que había terminado, cuando ya no podíamos dar ni un solo salto más, cuando nuestras piernas flaqueaban, Springsteen decidió que aún había tiempo para otra y atacó los compases ‘Twist and shout’, el final de fiesta de sus grandes conciertos. Entonces sacamos fuerzas de donde no las había, que no se diga que un tipo de 62 años puede con nosotros, y saltamos, cantamos y gritamos. Cuando la banda se despide del escenario y se abren las puertas del estadio, es la 1 y 24 minutos de un lunes laborable, pero que nos quiten lo bailado.

  

  

 

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